La Nación - 11 de octubre de 2009
¡Ah, el arte moderno! No sólo los reportes de Transparencia Internacional nos dan la rara oportunidad de extraer significados recónditos de cuestiones más o menos obvias. También el arte. Desde una bolsita de té, a unos cuantos fierros bien martillados, nombre usted un objeto, que todo da para primeras y segundas lecturas. Barro, alambre, papel, tinta… Todo es materia prima encapsulada. El secreto, dicen, es saber leer e interpretar el contenido.
Y de eso se trata la Trienal de Chile 2009, magno evento de las artes visuales inaugurado por la Presidenta de la República: de cómo interpretar con asesoría especializada. Porque no a todos se nos da esto de dilucidar manifestaciones vanguardistas. ¿O a usted sí? Los que no, agradecemos que nos ayuden. Por eso, y mil razones más, hay que aplaudir esta Trienal que viene llenita de obras audaces, y también de interpretadores artísticos y curadores reputados que nos orientarán a la hora de entenderlas.
Se notó en la gala del Bellas Artes: había ene especialistas. Teóricos de la estética y museólogos a rabiar, en compañía de uno que otro socialité de la facha de Juanito Yarur y de algún mecenas de voluminosa fortuna ansioso de cultivar su lado cool. Un banquero formalito esperaba a la Presidenta en la escalinata del edificio como si se aprontara a demostrar, chequera en mano, que el capitalismo no es tan cruel, no al menos con las artes visuales. Finos del diseño en tenida más casual, aunque llamativa y onerosa, miraban nomás. La masa alternativa pululaba ataviada con sus mejores lanas haciendo networking por aquí y por allá. Elegancia colorinche la de estos liberales liberados, con ese touch textil tan… tan… de inspiración precolombina. Pilchas rústicas pero de noble origen, adquiridas en el Pura de Isidora o en tienditas igualmente estilosas del barrio Lastarria. Porque, a diferencia de los cabros del “Piedragógico”, estos “lanas chic” adoran la originalidad y hayan picante el “outfit” de cuneta.
Nuestra ministra de Cultura, Paulina Urrutia, andaba relajada y locuaz. Con ese modo suyo, travieso, transmitía irreverencia, eso sí, en dosis compatibles con su cargo. Por momentos calcada a su personaje de Teresa de Los Andes, había que ver su peinado: la misma chasquilla colegial de la beata aquella, acusando que no pasan los años por la ministra: ¿milagro de Sor Teresa?
Entre talla y talla, la compañera Urrutia confirmó que, en el marco de la Trienal, habrá exposiciones en siete ciudades hasta diciembre. Póngale talleres de arte, charlas, intervenciones y residencias de artistas, ciclos de video y discusiones. Sume coloquios sobre la intersección entre el arte aborigen, el popular y el contemporáneo. Y, por si hubiese que enmendar algo, este megaevento ofrece un buen dispensario de herramientas teóricas llamadas clínicas ¿Vio? Imperdible.
Bonito y sobrio tenía arreglado su museo don Milan. Como que le gustó al docto don Ticio Escobar, ministro de Cultura de Paraguay y máxima autoridad curatorial de la muestra, quien nos aclaró en la introducción del proyecto que “este cruce permite trabajar las posibilidades que tiene el arte de filiación erudito-ilustrada de transitar los espacios de las nuevas tecnologías sin arriesgar sus reservas poéticas ni sus específicos dispositivos retóricos”. ¿Alguna duda?
Sólo echamos de menos las aeropostales de Eugenio Dittborn, quien se bajó de la muestra molesto con la organización, y la mentada roca, perdón, obra, “Proyecto de demolición de la Cordillera de los Andes” que un curador argentino no dejó exponer a nuestro Carlos Leppe. Eso es no entender nada de la identidad nacional. De haberse nombrado a un curador más patriota, no sólo el gran trozo de cordillera hubiera estado en el hall del museo: también hubiésemos reeditado allí nuestro querido iceberg (el que mandamos a Sevilla el ’92), y alguien sensible hubiese puesto un trozo en bruto de lapislázuli, y por qué no, un vaso gigante, bien realista, de mote con huesillos. Hubiésemos matado varios pájaros de un tiro, impresionando audiencias con cosas lindas y populares, resaltando la imagen país e ingresando al libro de Guinness en cuyas páginas tanto nos gusta aparecer. Debieron consultar a Gabriel Valdés. Ah y si es por criticar, anduvo sobrando el inefable corrillo de promotoras, esa institución tercermundista que nos hace mostrar la hilacha en cuanto evento cultural organizamos (¿se imagina promotoras con mini en la Tate Modern? Never!). Lo demás, de todo gusto. Llegaron los top ten del Consejo de Monumentos, autoridades del Congreso y el canciller Fernández, que aprovechó bien el tiempo despachando asuntos urgentes mientras esperábamos a la Presidenta. Cuando llegó nuestra Jefa de Estado, se notó altiro su arrastre ciudadano: los que hasta hace poco la pelaban (o la siguen pelando tras bambalinas), ahora se deshacían en reverencias. En un dos piezas negro bien elegante, la Mandataria se dejó fotografiar con moros y cristianos. Halagada hasta las lágrimas, la señora Mónica Palacios, auxiliar de limpieza del museo también obtuvo foto. Lo de ella no fue aprovechamiento marquetero: “Yo voté por la Presidenta”, nos confidenció.
Linda escena. ¿Mera situación fotográfica o aporte a la cultura? ¿arte quizá? Conversando con expertos se aprende. Nunca habíamos oído hablar de “manipulaciones formales sobre la base de dispositivos de maquillaje neoconceptuales”. ¿Se referían a la estatua gigante de Juan Pablo II que está dejando la escoba en Bellavista? Claro que no. Acá se habla de arte en serio, nos refutaron. Ansiosos de saber más, indagamos en happenings y performances: nos expusimos a la sapiencia misma de don Ticio. Vislumbramos que, como el queso gruyere o los obituarios de El Mercurio, ciertas manifestaciones artísticas son un gusto adquirido: hay que asesorarse con peritos para ir valorando su raro sabor. Y los peritos del arte son los curadores. Gente necesaria y reputada, con más títulos que un directorio completo de patriatransparentes. Por cierto, un museo que se precie debe tener, al menos, un curador estrella. Una galería nacional, varios. Una muestra internacional, muchos. ¿Una trienal vanguardista? ¡Ni le explico!
Por suerte se les ocurrió invitar a don Ticio. Él solo, aporta por mil.







