El Mercurio - 10 de octubre de 2009
Las sillas que Iván Navarro diseña no sirven para sentarse, a menos que en el mejor de los casos uno quiera terminar con un trozo de tubo fluorescente incrustado, y en el peor, desee morir electrocutado. Y sin embargo, hoy estas obras han situado al artista en esa zona global de notoriedad y talento que al común de los mortales sólo nos resta envidiar. Iván Navarro no es un artista chileno, ni siquiera latinoamericano, sino internacional. Y sus sillas -y sus neones, y sus espejos que engañan al ojo, y en general sus instalaciones y videos- no son ningún chiste. Al menos el mercado no las considera así. En 2007 el New York Times reportó que Navarro vendió una de sus puertas de neón tridimensionales en 84 mil dólares.
“Pregúntale si es un artista o un diseñador”, me sopla un amigo artista. Aparentemente, es una definición mayor. Y para los entendidos, tiene algo de trampa. Pero resulta que Navarro sí se considera un diseñador más que un artista, y sin complejo alguno. Sus obras no están hechas para colgar de muros, sino más bien para dar la sensación de que los socavan.
Navarro cayó en la carrera de Arte en el campus Lo Contador de la UC a principios de los noventa. “Cayó”, porque no estaba seguro de que esa carrera fuera lo que quería. A él le interesaba, eso sí, el diseño en general: desde el teatral al industrial. En esa época, recuerda, los estudiantes de arte se mezclaban aún con diseñadores y arquitectos. Y en vista y considerando que ni siquiera dibujaba bien, y que las conversaciones en los patios con sus amigos de otras disciplinas eran tanto o más interesantes que las clases, empezó a interesarse en las posibilidades del diseño como objetos de arte o, para aterrizar las cosas, en las lámparas como esculturas.
Como no había mucho dónde exponer, pensó, estas lámparas iban a servir para conquistar espacios baratos donde suele haber arte que ni siquiera se ve: las casas, las salas de estar. “Por último, si no se entendía como obra de arte, servía como lámpara”, se ríe hoy Navarro. Además, era una suerte de declaración de rebeldía: la obra se iluminaba por sí misma. No necesitaba, especuló, crítico ni periodista que reparara en ella.
El lado oscuro de la luz
Desde esa época, Iván Navarro ha trabajado con la luz.
-¿Con la energía o con la luz?
-Es una combinación de las dos cosas -dice-. Son objetos que están conectados con una fuente de energía. También son objetos que despiden calor.
El primer trabajo de Navarro en Estados Unidos fue, evidentemente, algo menos sofisticado que el actual. Aunque no tanto. Se dedicó durante siete años a la restauración de muebles, lo que de alguna manera prefiguró los trabajos que hace hoy. Si uno le pregunta, puede hablar con soltura de mueblería china del siglo XIX: “Cuando hay dorado, ésa es la influencia francesa”, dice. “Ahí ejercité mucho la mano, pinté sobre materiales, sobre madera, fue una segunda escuela”.
¿Y qué vino después? En el pabellón de Chile en Venecia hoy, dice Navarro, hay un buen resumen de su trabajo. Veamos: un video en el que una silla construida con tubos fluorescentes adosada a una bicicleta es arrastrada por Manhattan: la energía eléctrica con la que el carro se ilumina es producto del movimiento de las ruedas de la máquina; hay también una serie de puertas de aluminio que dan lugar, en cada una de ellas, a un espacio enmarcado con luces fluorescentes de colores que gracias a un sistema de espejos se repiten al infinito: el conjunto de puertas genera un efecto de continuidad en los colores; por último, en el suelo del pabellón hay una pequeña estructura ovalada en la que está escrito, con tubos fluorescentes otra vez, la palabra “bed”: otro sistema de espejos hace que todo esto se repita hacia abajo, generando un hoyo que pareciera no tener fin. Navarro dice que ésas son las tres cosas a las que está dedicado: videos, tubos fluorescentes y espejos.
Pero el arte de Iván Navarro no es un cómodo asunto de formas, ni rarezas de instalador. La crítica internacional ha reconocido los mensajes que Navarro propone. En 2004, por ejemplo, realizó un video que registraba el paseo de un carrito de supermercado hecho de tubos fluorescentes por Chelsea, el bohemio barrio neoyorquino. Era la lámpara “homeless”. Sin mucho aprecio por la legalidad, Navarro robaba electricidad de la calle para iluminar el carro. ¿Una crítica al poder establecido, incluso en un lugar tan “cool”? Definitivamente.
Algo parecido puede decirse de la exposición en Venecia: por primera vez, explica Navarro, el pabellón chileno está ubicado en un lugar destacado de la ciudad, con buen acceso. Y qué hace él, digo yo: al menos en dos de las instalaciones pretende horadar la pared y el suelo, como si quisiera proponer que la gente se escape del mundo de las galerías de arte.
La luz, han dicho algunos críticos de su obra, suele ser un símbolo de esperanza. Pero en Navarro es otra cosa. Algo más oscuro, si uno quiere.
Tal vez una exposición que hizo en Santiago en el verano de 2007 y 2008 puede ser un buen ejemplo de esto. Sobre el suelo de un oscurecido Matucana 100, al modo de las palabras escondidas que aparecen en las secciones de pasatiempo de los diarios, Navarro escondió los nombres de agentes de seguridad del régimen militar. Luego provió de linternas al público para que fueran descubriendo con el haz de luz los nombres escondidos. La exposición se llamaba “Dónde están”.
“Es la idea de la torre de control”, dice. “No es que alguien te vigila, sino que es el público el que tiene el poder”.
Por esta obra se ganó el premio Altazor en 2008.
No es la única vez que ha utilizado la luz para enviar comentarios políticos. “You sit, You die”, uno de los primeros trabajos por los que se hizo conocido, consistía en una silla de playa armada, ya sabemos, con tubos fluorescentes. Si te sentabas, morías. Este doble juego de comodidad y riesgo también se interpretó como una visión de Navarro sobre el propio Estados Unidos: un país en el que la gente aún muere en la silla eléctrica.
El brillo de un maestro chasquilla
Con Navarro entramos en una improbable conversación sobre si los espejos deben notarse o no en sus trabajos. En Venecia, en el caso del agujero con la palabra “Bed”, Navarro asegura que alguna gente efectivamente cree que hay un hoyo en el suelo.
“Pero creo que tratar de emular el truco es lo que lo hace más truculento”.
-¿Cómo así?
Navarro explica que si no sabes que hay un truco, no hay misterio. “Y sin misterio, no hay cuestionamiento”. Para que el trabajo tenga un efecto, hay una delgada frontera entre darse cuenta de lo que ocurre y ser ignorante. “En las sillas”, por ejemplo, “dejaba a la vista los cables. Es la idea del miedo: la electrificación al frente de tu cara”.
Pero todo esto, ¿es consciente? Pese a lo que uno pueda pensar con respecto a la vida “relajada” de un artista, la verdad es que Navarro debe trabajar rápido, a veces bastante rápido: las demandas que le hacen las galerías. Sin demasiado tiempo para pensar, dice que trata de mantener un taller paralelo, sin exigencias de tiempo, en el que se dedica a experimentar con ideas que después se transforman en obras… cuando tiene tiempo.
Sin embargo, tiene un asunto con la materialidad de las cosas. “Esto es, aproximadamente”, dice, “inventar un objeto. En ese sentido es algo medio renacentista: la lógica del diseñador que es un artista que hace sus propios pigmentos, que si tiene que estudiar anatomía hace sus propias autopsias. Es más a la antigua”.
Navarro toca una silla de madera. “Esta silla”, dice, “se puede hacer con tubos de neón. Tiene líneas más o menos finas. Pero el verdadero desafío es que sea una silla: que aunque no te puedas sentar, se sustente como silla, que no se desarme, que el neón reemplace a la madera”. Para los cálculos más complejos, Navarro trabaja con un arquitecto amigo: Pedro Pulido. Dice que no se ponen límites, y que más bien se entusiasman con las dificultades que pueden surgir.
Exposición clausurada
¿Qué es lo que ha hecho que Iván Navarro ocupe el lugar que ocupa en el panorama del arte chileno? “Lo que pasa”, dice mi amigo artista, “es que Navarro no es un artista chileno. Nunca lo ha sido”. Acá vamos, pienso yo.
Momentos más tarde Iván Navarro me confesará que desde chico, en su barrio en la comuna de Cerrillos, le llamó la atención el clásico letrero “hoy no se fía, mañana sí”. Que durante años intentó desentrañar el misterio de esa maravillosa frase. ¿Puede haber algo más chileno que eso? Sólo los porotos. Pero mi amigo insiste. Lo que pasa, me explica, es que en el contexto del arte chileno, que es más bien figurativo, académico, me precisa con cierta rabia, Navarro no está interesado en educar. Y el arte chileno sólo quiere educar. No en vano, hay dieciséis escuelas de arte en Chile. Navarro, en cambio, me dice mi informante del submundo del arte, es un diseñador. Su materia prima es el tubo fluorescente. Y eso marca toda la diferencia. Para bien, entiendo.
De hecho, el trabajo con tubos fluorescentes no es un invento del artista chileno. Dan Flavin, un artista conceptual nacido en 1933, fue el primero en ocupar luces de neón para obras de arte.
Navarro reconoce la influencia de Flavin, pero solo hasta cierto punto. Le gusta, dice, el primer Flavin. “Cuando empezó a trabajar con tubos de neón fue porque no tenía plata, entonces iba a las grandes tiendas, compraba los tubos, armaba la exposición, terminaba la exposición e iba a la tienda a devolver los tubos porque decía que, no sé, que no le habían gustado”, explica. Más le interesa el trabajo de Robert Barry, un artista que en los sesenta montó una exposición que consistía en clausurar una galería de arte y colgar en la puerta un cartel que decía: “La galería se mantendrá cerrada durante el tiempo que dure la exposición”.
“Me siento más cercano a sus obras”, admite Navarro.
*Alfredo Sepùlveda es profesor de periodismo de la Universidad Alberto Hurtado.
Solos en Venecia
Iván Navarro está por estos días en la Trienal de Chile, el encuentro de arte a propósito del Bicentenario que, entre otras cosas, llevará arte y artistas a varias ciudades del país. La obra suya que se puede ver en Matucana 100 es un video llamado “El monumento perdido para Washington DC o una propuesta de monumento a Víctor Jara”. En el video, dos personas hacen, respectivamente, de caballo y héroe. El “héroe” está parado sobre el “caballo”, toca una guitarra y tiene un saco sobre su rostro. De fondo, el poema que Víctor Jara escribió en el Estadio Chile musicalizado por Nutria NN.
Lo de la música no es un asunto satelital en la obra de Navarro. Nutria NN (sobrenombre del músico chileno radicado en Nueva York Christian Torres) es el compinche de Navarro en varios de sus videos. Para Navarro, que no es músico, la música es esencial en sus obras. De hecho, es una suerte obseso con las disquerías de vinilo. Tiene dos favoritas: una en París, la otra en Río de Janeiro. Y tiene un sello, Hueso Records, que edita los discos de Nutria NN.
-Perdona la ignorancia, pero ¿discos-discos, a la antigua, o ahora solo descargas?
-Discos. Cedés. Me gusta la idea de editar documentos. La idea del archivo. “Record” (registro, en inglés). De hecho, un hueso es la idea más arcaica de un “record”.
La otra exposición en que está Navarro está lejos: Venecia. Las fotos en este recuadro muestran el pabellón de Chile, que esta vez, de acuerdo a Navarro, está ubicado en un sector con buen acceso de la ciudad. Hay que considerar que el “acceso” en una ciudad que en vez de avenidas tiene canales de agua, no es algo trivial. Sólo un artista chileno antes que Navarro ha expuesto solo en un pabellón del país en Venecia. Fue Juan Downey, en forma póstuma, en 2001.
Dato anecdótico: uno puede subirse a la bicicleta, pedalear y activar la silla de tubos fluorescentes.
-¿Sirven las bienales para algo?
-A mí, esta, mucho -dice-, porque me toca en un buen momento de mi carrera. A los 30, 40 años, es súper bueno. Hay un artista que ganó un premio en Venecia, Bruce Nauman, pero él tiene 60 años y una tremenda trayectora, ganar algo en Venecia no le cambia su carrera.
Por Alfredo Sepúlveda C.*.







