1 El guión curatorial de la I Trienal de Chile se articula básicamente en torno a la posibilidad de levantar ciertas cuestiones que hacen a la problemática del arte contemporáneo en relación con las escenas locales. Cada cierto tiempo el sentido de la institucionalidad del arte y, más aún, el concepto mismo del arte, precisan ser revisados. Esta necesidad en parte corresponde, por cierto, al viejo resorte de negatividad que anima y caracteriza, desde Kant, el devenir mismo de lo moderno: la necesidad de poner en cuestión los dispositivos del arte. Pero tal requerimiento también se vincula con la necesidad actual de definir los contornos de una práctica que, una vez disuelta la autonomía del arte, aparecen borrosos y conducen a equívocos. Redobladas, esas incertidumbres, hacen de esa misma indefinición una marca de época.
Inmerso en una economía cultural globalizada y promiscua, bullente de signos intercambiables, el sistema mismo del arte ha puesto sobre el tapete la necesidad de discutir sus circuitos del arte y sus límites: la noción misma del arte. La definición de su concepto, la ontología del arte, vuelve a aparecer como una cuestión preocupante: ¿en qué sentido puede hablarse de “artisticidad” de una figura que ha perdido el aval de la forma, el sello de la belleza, el refrendo del aura, principios constituyentes de lo artístico?
Roto, o por lo menos entreabierto, el contorno de la escena de la representación, ¿cómo puede detectarse lo artístico de una operación que ya no se apoya en la estética, sino que prefiere atender a los usos y efectos sociales, a las pragmáticas institucionales, a las consecuencias políticas y, aún, al diseñismo generalizado del mercado?
Esta trienal propone levantar reflexiones sobre el límite del arte trabajando tres figuras básicas: la de límite mismo, como pliegue que permite pensar en terceros lugares o en lindes abiertos a la intemperie o la nada; la reflexión sobre la institucionalidad del arte: un problema obsesivo que acompaña el largo camino de la modernidad y mantiene vigencia en cada escena nueva de reflexiones críticas, y la posibilidad de “obrar”, en sentido heideggeriano, de convertir en obra situaciones que, por desconocer el imperio de la forma, cruzar los límites de la estética y comprometer acciones que ocurren más allá de la escena de la representación, se encuentran sometidas a la contingencia de lo que puede o no ser ofrecido a la mirada, convertido en momento estético o en experiencia de obra.







